
Después de un largo viaje, habían llegado a Candilla, capital del amor libertino y lo recatado, en la que todo el mundo iba desnudo y con cuello alto. Tras pasar el control de geranios de la entrada compraron su pingüino, aunque no a buen precio. Los pingüinos eran el medio de transporte clásico, y el que no iba sobre uno era multado con el indulto. Su pila nuclear carcajeaba de manera silenciosa mientras el pingüino entrecerraba los ojos con sueño, o quizás con odio.
Llegó la dieciseisava estación primaveral, producida por un giro extraño del planeta y su forma cúbica. Y las plantas carnívoras florecieron y empezaron a comer piedras y clips, la arcilla recobró su ciclo vital y los ciudadanos se refugiaron en sus casas del intenso frío.
De repente, algo apareció en el cielo, una flota invasora alienígena. Gracias a la pila nuclear, el ADN del pingüino explotó y este empezó a desarrollarse en algo enorme, maloliente y con pelos en las aletas.